sábado, 14 de mayo de 2011

Historia de Silva

Ambos reconocen que no son los mejores amigos del mundo. Se definen como buenos socios, de los que siempre están pendientes el uno del otro. Rodrigo Silva y Álvaro Villalba se conocieron en unas fiestas del San Pedro en Espinal, en 1967. Ambos eran arroceros y músicos aficionados. Cada uno cantaba en su mesa, hasta que se juntaron en un solo grupo. Desde entonces, solo se han separado durante seis meses por diferencias personales. Alguna vez, hasta la Iglesia de Ibagué tuvo que intervenir para volver a juntarlos. Entre ellos, según Pardo, lo que hay es un "gran matrimonio" que, como en el final de un pasillo, solo separará la muerte. A propósito del tema, el maestro Silva tiene una filosofía admirable. "Hago de cuenta que no pasa nada. Tras de que estoy jodido, no puedo echarme a morir", dice con la vitalidad y el buen humor de siempre, pese a los malos momentos que ha enfrentado con valentía, entre estos, el peor: la muerte de su hija más pequeña. "Yo vivo tranquilo, pero rebuscándomela siempre -dice Silva, y cuenta que recientemente lanzaron un disco en compañía del Mariachi Clásico Contemporáneo y que preparan otra producción con temas inéditos-. Sigo mi vida como si tuviera todo un porvenir: grabando discos, dando conciertos con Villalba; sigo en las mismas: tomando aguardientico y fumando". -¿Sigue fumando después de semejante cirugía? -Sí, casi un paquete diario. El médico le dijo a mi mujer que me dejara fumar y me dejara beber, que ya no había nada que hacer. -¿Cómo así? -¡Me reapareció el cáncer! -dice, soltando una bocanada de humo y enseñando las manchas negras que volvieron a invadir su paladar. En una llamarada se quemaron nuestras vidas-... Es duro admitir que sí, el maestro Silva no se ayuda. el tiempo

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